Comentario Nº 92, 1 de julio de 2002

      Golpes preventivos: los riesgos políticos y morales

      Las guerras siguen siendo una realidad en el mundo. Sin embargo, durante el menos cinco siglos, los Estados del sistema-mundo moderno han venido luchando por crear "reglas de la guerra" que limitaran de algún modo, o incluso eliminaran, las acciones bélicas más brutales y menos justificadas. Esas reglas se han codificado poco a poco en los tratados internacionales.

      En 1945, la Carta de las Naciones Unidas distinguía entre iniciar una guerra y defender el propio país contra guerras que otros hubieran comenzado. La Carta acepta la legitimidad de la "autodefensa" y hasta de la "autodefensa colectiva" –esto es, acuerdos entre países que establezcan que si uno de ellos es atacado, los otros acudirán en su defensa. Aunque en la práctica esas reglas se han violado a menudo, puede considerarse como un tributo rendido por el vicio a la virtud que desde 1945 los violadores hayan negado hipócritamente que lo eran; por el contrario, han insistido en que ellos no habían iniciado la guerra, sino que lo había hecho el otro bando. Por ejemplo, Corea del Norte siempre han negado que iniciara una guerra contra Corea del Sur en 1950, argumentando que había sido ésta la que inició las hostilidades. Cuando Estados Unidos invadió Granada en 1983 aseguró que lo hacía únicamente porque las vidas de los estudiantes de medicina estadounidenses estaban en peligro, y que por tanto Granada se había comportado hostilmente con anterioridad.

      Durante la larga guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética se decía que había un "equilibrio del terror". Eso significaba que ambos bandos sabían que si uno de ellos iniciaba una guerra empleando armas nucleares, el otro estaba dispuesto a responder del mismo modo, y que por tanto el principal resultado sería la destrucción mutua. Sin embargo, el gobierno estadounidense discutió una y otra vez (y quizá sucedió lo mismo en el gobierno soviético) si era posible y deseable desencadenar tal guerra de forma tan inesperada que el otro bando fue incapaz de responder efectivamente. Se hablaba pues de dar un "primer golpe" que no sería sino "preventivo". Como sabemos, esto no llegó a ocurrir. No podemos estar seguros de si se debió ante todo a razones técnicas (la sorpresa nunca sería tan completa como para evitar una respuesta devastadora) o por razones político/morales (un primer golpe violaría la Carta de las Naciones Unidas). Lo que sí cabe afirmar es que ninguna administración estadounidense descartó definitivamente la posibilidad de dar el primer golpe. Muchas personas creían que esto tenía como única finalidad mantener al otro bando sobre ascuas y no porque ninguno de ellos hubiera pensado nunca seriamente en llevarlo a cabo.

      Tras el colapso de la Unión Soviética se argumentó que ya no habría que preocuparse por el "primer golpe" ya que la guerra fría había acabado. Pero desde el 11 de septiembre esa posibilidad ha cobrado nueva vida. En su discurso de julio de 2002 en West Point, el presidente George W. Bush dijo: "Si esperamos que las amenazas se materialicen del todo, habremos esperado demasiado". Es una declaración bastante explícita en el sentido de que un primer golpe es legítimo, especialmente desde que Condoleeza Rice comentó el discurso diciendo: "significa la posibilidad de anticiparse a actos destructivos en contra nuestra por parte de una eventual enemigo".

      Bob Woodward reveló en el Washington Post el 16 de junio de 2002 que la administración Bush había discutido recientemente el posible empleo de equipos estadounidenses para asesinar a Saddam Hussein. Estados Unidos planeó ese tipo de asesinatos en los años 50 y 60, sin que ninguno de ellos tuviera éxito por lo que sabemos. Como consecuencia de la revelación de esos planes por el Comité de Iglesias del senado estadounidense en 1973, el presidente Ford promulgó en 1976 una orden ejecutiva prohibiendo esa práctica. Esa orden fue mantenida por los siguientes presidentes estadounidenses, incluidos Reagan y Bush (padre). Pero es esa orden lo que se está poniendo ahora en cuestión.

      En el último número del International Journal of Intelligence and Counterintelligence (XV, 2, 2002), Jeffrey T. Richelson defiende abiertamente el "asesinato como una opción de seguridad nacional". Vale la pena revisar sus argumentos: "No cabe pensar que la prohibición [de los asesinatos] deba ser absoluta [...] Sería más razonable argumentar que Estados Unidos debería seguir proscribiéndolos en la forma actual. Según interpreta Estados Unidos la ley internacional, la muerte de dirigentes enemigos está permitida justamente en las situaciones en que es más probable que sean apropiadas: en medio de una guerra, durante una serie continuada de actos terroristas, o frente a un inminente ataque. Por eso la prohibición no impidió al presidente firmar en octubre de 2001 una orden que autorizaba el asesinato de Osama bin Laden" .

      Así pues, el plan parece claro. Primero, Estados Unidos intenta el asesinato de Saddam Hussein. Si no lo consigue (y parece improbable que lo consiga), viene entonces un primer golpe preventivo. El presidente Bush ha indicado repetidamente que desea un "cambio de régimen" en varios países. Decir que eso es una violación de su soberanía es una obviedad, pero eso no parece inquietarle, ya que habla la lengua del poder, no la de la ley. Encubre esa lengua del poder con la de la moralidad: la lucha contra el terrorismo y por la democracia. No voy a analizar aquí la eficacia política de tales planes. Lo he hecho en otros lugares, y la eficacia política es precisamente el tema de debate en el seno de la administración y el Congreso estadounidenses y entre varios dirigentes de la Unión Europea.

      Pero no se trata únicamente de política, sino de ley y moralidad, y esas dos cuestiones parecen suscitar menos debate. A la gente sencilla, como yo, nos parece claro que "anticiparse a actos destructivos" no es lo mismo que "defenderse", por una razón muy simple: la única defensa que reconoce la ley es la que se produce frente a un ataque. La pretensión de desencadenar un ataque no es todavía un ataque, ya que nunca se sabe si esa pretensión se llevará o no a cabo. Además, quien ataca preventivamente hace su propia interpretación de esa pretensión y puede interpretarla incorrectamente (lo que sucede a menudo). Las leyes no me autorizan a disparar sobre alguien por haberle oído decir cosas feas de mí que me lleven a pensar que un día a día u otro puede tratar de matarme. Ahora bien, si esa otra persona me apunta con una pistola, puedo matarla en defensa propia. Sin esa distinción elemental, nos hallaríamos en un mundo sin ley.

      Luego está la cuestión de la moralidad. Ésta depende de la razonabilidad de nuestros actos. Y la razonabilidad requiere tener en cuenta hasta qué punto podemos estar equivocados. No parece haber muchas señales de que ningún miembro de la administración estadounidense se preocupe por el hecho de que posiblemente nos equivoquemos. Pero esa preocupación, ese autoanálisis, es decisivo para la moralidad. Una guerra preventiva es una acción irrevocable, no un delito menor que pueda rectificarse, digamos, mediante una compensación financiera. Muere gente, y en la mayoría de los casos, mucha. Quien desencadena un golpe preventivo puede decir que desea impedir que otros (sus amigos y su familia, sus compatriotas) mueran en la esperada agresión del otro bando. Pero en cualquier caso será él quien dispara y mata primero. Si eso no queda cubierto por el mandamiento "no matarás", ¿hay algo que sí lo esté?

      Me parece ridículamente simple. El "primer golpe" va contra la ley internacional. El primer golpe es inmoral. Si sólo fuera un error político, podríamos sobrevivir a él. Pero un error en la ley (de esa magnitud) socava la propia existencia de la ley. Y un error en la moralidad (lo que algunos llaman pecado) es algo que nos transforma, y no para mejor.

      Immanuel Wallerstein (1 de julio de 2002).


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